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la bitácora del marqués

EL HUEVO DE LA SERPIENTE

 

 El mentado conflicto que mantiene el gobierno con las organizaciones representativas del sector agropecuario ha excedido los límites de una confrontación meramente reivindicativa para sacar a relucir aspectos de la vida política que se encontraban subyacentes.

 Y han contribuido a este desmadre - por un lado- la infinita torpeza y sectarismo del gobierno que no ha logrado articular una correcta política de aliados y -por el otro- la persistente labor de los sectores del privilegio, de clara tendencia desestabilizadora, que no retroceden ni un paso en su vocación de patrones de estancia que se creen los dueños del país.

  Las simpatías que cosechan estos últimos es heterogénea y  no siempre responden a las mismas motivaciones: hay a veces un descontento legítimo; otras un gorilismo antidemocrático, rechazos al estilo gobernante, a sus amigos internos y externos, etc…

  Pero detrás de las cacerolas de teflón, las cadenas de mails y de mensajes de textos hay muy poco de espontaneidad y mucho de apoyo logístico brindado por los sectores vinculados a la represión durante la última dictadura.

 Es la política de Derechos Humanos y la revisión de las leyes de Punto final y Obediencia Debida lo que no le perdonan al actual gobierno.

  Un dato no advertido en este último período es la aparición de pintadas y afiches de sectores nacionalistas y ultraderechistas, que estaban hibernando y al acecho, mientras esperaban el momento de reaparecer.

  Hoy en las paredes de la ciudad pueden advertirse nuevamente nombres olvidados de personajes nefastos del fascismo vernáculo; la aparición de cruces svásticas y consignas nazis; términos casi extinguidos como “sinarquía” y otros síntomas de que estos sectores advirtieron que la actual crisis les brinda una buen caldo de cultivo para su reaparición.

  Y no es para menos:  encontraron  en los caciques de la Sociedad Rural, de CARBAP y los discursos antidemocráticos del “humilde gringo chacarero” de D’Ángeli un buen mascarón de proa detrás del cual encolumnar sus fechorías.

TRAGEDIA EN UN SOLO ACTO

TRAGEDIA EN UN SOLO ACTO

LA OLA

 

 

-¿Vamos al mar que está picado y se puede saltar olitas?- Me sugirió Arnaldo con los ojos brillantes de entusiasmo; y yo, en salvaguarda de la siempre difícil convivencia veraniega que se nutre de mutuas concesiones, abandoné el crucigrama que me tenía absolutamente apasionado, dije sí (oc en idioma provenzal) y me encaminé junto a mi cuñado (hermano de la esposa o esposo de la hermana) hacia el mar (gran extensión de agua salada).

  Aún en Buenos Aires y planeando ya las vacaciones en la Costa Atlántica, cuando parientes y amigos enumeraban con entusiasmo lo entretenido que era saltar olas, yo pensaba  íntimamente que tal arte o industria constituía una estupidez olímpica; y heme aquí y ahora, encaminándome hacia las inofensivas ondulaciones, con el buen  Arnaldo, un enamorado de las cosas simples.

  El mar rodea, entonces, mis pies y la sensación primera es –como siempre- glacial. Cruzo mis brazos sobre mis hombros cual estéril abrigo y continúo la ruta de Alfonsina. Me acerco, enseguida, a un nuevo momento crucial: el contacto del piélago con los testículos.

  Ya el agua se arremolina entre mis muslos  y doy estúpidos saltitos que solo sirven para dilatar por segundos el instante en que las bolillas tomen contacto con el líquido elemento y, automáticamente, en un impulso tan primario como la humanidad misma, aparezcan unas incontenibles ganas de orinar; difícil misión si se tiene en cuenta que el pirulín se encuentra aprisionado entre las mallas del suspensor.

  El agua ha llegado a mi abdomen y mi orina ya tiene el ecuménico destino de recorrer los sietes (¿siete?) mares.

  ¡Atención! Se acerca una olita.¡Hop! Ya la salté. Me siento un reverendo boludo. Arnaldo, de fiesta. ¡Otra olita! ¡Hop! Ya la salté también.

  Detrás de estas boludísimas olas, el mar es un manto sereno, con leves ondulaciones que irán a morir ,mansas, a nuestras espaldas, en la arena.

   De pronto una de esas leves ondulaciones comienza a crecer  con mayor intensidad de lo que venían haciéndolo; se va levantando sigilosamente, escondiéndose tras sus predecesoras. Agigantándose -concentrando en  segundos la potencia infinita de los océanos, la fuerza sobrenatural de las mareas- se estira inútilmente queriendo tocar el cielo  en un esfuerzo postrero, agónico. Su cresta se transparenta y, derrotada, comienza a doblarse  sobre sí misma y se deshilacha en espuma.

  Ante mí es un paredón majestuoso de agua.     

   Los hombres tenemos en la vida momentos cruciales en los que la vacilación y los titubeos no tienen cabida. Pero el hombre es el ser más débil de la creación. El mismísimo napoleón dudó antes de atacar en Waterloo y así le fue…   

    Ante el cariz que iban tomando los acontecimientos dudé entre retroceder estratégicamente o avanzar con ímpetu sobre la amenaza en ciernes y terminé victima de mi propia indecisión.

   Alcancé a oír la voz de Arnaldo, lejana, a kilómetros de distancia; pero no pude entender sus palabras, porque la cortina de agua, con su murmullo creciente, se fue rompiendo hasta estallar ante mí. De golpe todo se hizo blanco; todo tiene sabor a sal.

  Mis piernas se entrecruzan sin control, como bailando el charleston, hasta despegarse del suelo. La malla abandona el lugar que tenía asignado para enredarse, viscosa, entre mis rodillas. La línea del horizonte deja lugar al urticante verde oscuro y en mis oídos, el suave valsear de las olas se ha trocado por una estruendosa sinfonía marina. 

  De todos los avatares, el que más me preocupaba era la suerte de mi traje de baño y por ende de mis zonas vergonzosas. Por una elemental utilización de la lógica calculé que si  mi cabeza se hallaba en contacto con la arena, mis piernas estarían - con la malla como banderín- en posición de palo mayor apuntando al firmamento y, muy posiblemente, mi culo a la libre consideración de los señores turistas que invaden estas playas en los meses de estío.

  Pero como todo cambia - lo superficial y también lo profundo- ya no era mi cráneo el que se arrastraba por el fondo marino sino mi hombro y brazo izquierdo, mientras el derecho emergía en un dramático e involuntario saludo.

  La dignidad y el orgullo de una persona son capaces de las hazañas más grandiosas. Si la fe mueve montañas, bien podría resistir los ímpetus oceánicos.

  Así como decía Dany Kaye en el personaje de “El Coronel y Yo”, en la vida siempre hay dos posibilidades, y yo me hallaba en ese dilema: o dejar que la ola me maltratara como a un navío después del naufragio u oponer los brazos a ese torrente de calamidades y darle fin con atrevida resistencia.

  A un hombre de mi entereza no le quedaba sino optar por la segunda de las posibilidades.

Saqué - entonces- fuerzas de flaqueza para clavar los dedos de mi mano izquierda en el suelo marino y aguantar el embate de Neptuno.

  Acumulé todas mis energías en un lugar y en un segundo y crispé potente mi siniestra; mas lo que quedó entre mis manos fue solo el fatuo soplar de la brisa.

  ¿Qué había sucedido? Muy sencillo: Como el Poseidón, mi cuerpo había dado una vuelta de campana y mi brazo izquierdo era  el que tenía la dicha de estar en la superficie, mientras mi lateral derecho se mancillaba contra la arena.

   Ya no había dudas: mi níveo trasero, retaceado desde mi infancia a la acción de los rayos ultravioletas, era la parte que asomaba sobre el proceloso seno. ¡Mas no! ¡No podía ser! Si ahora se estaba puliendo con la lija gruesa de areniscos, conchillas y almejas.

   No tenía opción. Decidí rendirme y dejar al mar realizar su cometido. Y como no hay mal que dure cien años y siempre que llovió, paró, el brutal torbellino me depositó en la playa como a un Crusoe humillado.

  Quedé sentado, con las piernas abiertas, la malla ala altura de los tobillos y mi pirulín meciéndose al ir y venir del agua, con su boquita que parecía cantarme “la mar estaba serena, serena estaba la mar”; mis brazos hacia atrás, sosteniendo mi esqueleto de Quijote abatido, y mi boca escupiendo arena, sal y peces.

  Como un rayo divino, un destello de lucidez iluminó mi inundado cerebro. En aquel momento comprendí lo que Arnaldo me había gritado antes de la catástrofe. Había dicho: “!Pascual, cuidado con esa ola!”

    

COMENTARIO REAL (acerca de Atlanta 0 vs Deportivo Armenio 2, disputado el 28/05/08)

Por el Marqués Milton Saráchaga de la Vega

¡OTRA VEZ SOPA! 

 

                     “Ha pasado un año más, y no hemos hecho la revolución” Juan Gelman

 

 

 

  ¡Otra vez, mi fiel escudero, nos hemos quedado afeitados y sin visita!

   Hemos sido nuevamente protagonistas de una película que ya hemos visto tantas veces como “La Fiesta Inolvidable” con Peter Seller. Una vez más, nuestra ilusión se ha evaporado en una abrir y cerrar de ojos, como al conjuro de un hechicero maldito.

   Parece que el ansiado ascenso, es un juego del palo enjabonado -como ese que divierte a nuestra plebe en las ferias aldeanas del marquesado- que cada vez que nos acercamos a la meta, terminamos deslizándonos para caer duramente de trasero en el árido suelo.

  Es como mi Dulcinea, que cada vez que le arrimo el bochín, huye despavorida y me deja más caliente que a Cristina el acto de Rosario.

   Y no es que yo abrigara demasiadas esperanzas en ganar la promoción, pero al menos quería ver a nuestros soldados dar denodada batalla y asistir a una gloriosa derrota tras varias jornadas de lucha.

   Pero nada de eso ha ocurrido. Por el contrario, en la primera escaramuza y ante un mediocre rival, sobre el que Atlanta tenía ventaja deportiva, hemos caído ignominiosamente, con poca gloria y honor.

   Más que un partido de fútbol y la eliminación del reducido, el silbatazo final del  Álvarez dio la sensación que daba fin a un ciclo, del que seguramente habrá pocos sobrevivientes.

  Talvez, como aconsejan los veteranos tahúres, habrá que tomar el mazo de barajas, para mezclar y dar de nuevo.

   Es cierto que un balance sesudo y pormenorizado, indicaría que la campaña de Atlanta no ha sido mala. Es más, es la mejor desde el 2003/2004, también con San Salvador a la cabeza.

   Es cierto, también, que con este alineador siempre estamos más cerca de las nieves eternas de las cumbres, que de los hediondos cangrejales del descenso. Es verdad, además, que se venía de años yermos, con cosechas magras, impropias del abolengo bohemiero.

   Pero estas certezas, sólidas como las murallas de El Escorial, no pueden ser los cimientos de un conformismo resignado, que nos condene a esta repetida historia de frustraciones y tristezas.

   Sobretodo porque la noble institución fundada un 12 de octubre, había reclutado un conjunto por demás competitivo de players, con aspiraciones a campeonar.

   Nadie, ni el más mentecato de los mentecatos, ignora que uno y solo uno de los partieron de la línea largada iba a obtener el  galardón de integrar la próxima temporada el elenco de la división superior; y son pocos los que discuten la legitimidad y valía de quien lo consiguió.

   No obstante eso, sorprende el poco espíritu de combate exhibido por los jugadores auriazules en el presente año y su declive, casi sin mesetas, por el que se fue resbalando luego del receso.    

  ¿Pudo la ida de Pérez García traerles a los atlantes más problemas que los Pérez García?

¿Fue tan determinante su ida al exilio? ¿Es esa la madre del borrego?

Cuantas preguntas y cuán pocas respuestas tengo para las mismas.

 Mas en la humilde opinión de quién esto firma, si bien su talento fue muchas veces desequilibrante y nunca fue reemplazado cabalmente, no hallo en su ausencia el motivo fundamental de la decadencia bohemia.

  Atlanta supo ganar muchos puntos y jugar bien con el petiso mirando el partido desde la platea.

 Y convengamos que si bien el muchacho tenía lo suyo, tampoco era un Alfredo Distéfano.

  Se puede argumentar, sin temor a equivocarse fiero, que el correr de los meses trajo como consecuencias el tendal de bajas por lesiones y suspensiones, lógicas en toda competencia larga. Y los ocasionales reemplazos rindieron por debajo de lo esperado

  Pero esto aquí, se magnificó y los cracks de Atlanta sufrieron demasiadas heridas y se multiplicó el número de expulsados, muchos de ellos infantilmente.

  ¿Habrá que buscar el quid de la cuestión en problemas internos que se nos escapan?

  ¿Habrá metido Don Dinero su asquerosa patita? ¿Serían justos o desmedidos los reclamos salariales de los jugadores, en un medio donde el retraso es algo habitual? ¿Fue oportuno imponer una negociación sobre premios haciéndola coincidir con épocas de vacas flacas en materia de resultados? ¿Se justificaba el no concentrar o llegar a los estadios cada uno por su medio,  como si en lugar de un plantel profesional fuesen un rejuntado de una Sociedad de Fomento?

  Más preguntas me haces y menos respuestas encuentro.

   Pero el Atlanta versión 2008, poco y nada tuvo que ver el arrollador team que asolaba las canchas visitantes y batía records en los albores del campeonato.

   Así y todo, con lo acumulado en la primera rueda alcanzó para arribar a un reducido, donde se defeccionó en el primero de los entreveros ante un rival al que se había goleado en sendas oportunidades predecesoras.

  ¿De la derrota en la gélida tarde del miércoles que podemos decir?

  Que Atlanta jugó muy bien los primeros quince minutos y que parecía que iba a liquidar el trámite sin inconvenientes.

   Que después del gol de Armenio se derrumbó y no encontró respuestas ni anímicas ni técnicas al incordio.

   Que no se explica porque Verino estuvo en el banco tras el buen desempeño en Maschwitz, ni la tardanza en hacer ingresar al Moncho Fernández  con el resultado adverso.

    Que la defensa fue un desastre, que en el medio no se cayó una idea y que arriba Molina sigue ausente sin aviso y Ojeda hace lo puede con lo que la naturaleza le dio, que no es muy abundante, por cierto.

     Que Scatolaro lucha y gana más de lo que pierde. Que Fuente se proyectó bien y estuvo entre los mejores. Que Ferreiro es puro fervor  (a veces un tanto tribunero). Que Guzmán es un buen proyecto, aunque yo no gastaría a cuenta. Que Fernández le pone la misma pasión al fútbol que cualquier mortal a cambiar una bombita. Que Castillo ya fue.

    Que Atlanta mereció al menos un gol

     Y que nos quedamos afuera. ¡Justo ahora que hace un frío de la San Puta!   

A Propósito de la Película

A Propósito de la Película

 CORDERO DE DIOS

 

  Este más que interesante film de Lucía Cedrón, con notables actuaciones de Mercedes Morán y Jorge Marrale vuelve a poner sobre el tapete, el tema de la dictadura y de los desaparecidos. Esta vez con una sugestiva vuelta de tuerca que coloca a los personajes sometidos a la presión de situaciones límites, y donde sus respuestas a estas situaciones terminan por esfumar la frontera entre la víctima y el victimario y es muy difícil para el espectador establecer con certeza un juicio de valor definitivo, sobre lo que ha presenciado.

  El mensaje de Lucía Cedrón, hija de un desaparecido, puede inscribirse en un discurso que merece ser valorarlo, de una generación que sin condenar la conducta de sus padres en aquellos agitados años 70, comienza a vislumbrarse un cuestionamiento acerca de si todo aquello que los privó de una vida “normal”, realmente valió la pena.

  En esta línea de reflexión se puede inscribir obras de jóvenes escritores como Cristina Zúker en El Tren de la Victoria  y de Laura Alcoba en La Casa de los Conejos  y tal vez de otros que se nos escapan.  

   Una línea de reflexión a la que no estaría mal se sumen otros sectores involucrados en aquella dolorosa experiencia y cuyo análisis y autocrítica podría ser sumamente provechosos y esclarecedores para comprender las causas de la derrota.

    Esto sin menoscabo de una condena incondicional a la dictadura y sus crímenes.

    Y el permanente reclamo de "juicio y castigo a los culpables" 

COMENTARIO REAL (acerca de Atlanta 1 vs San Telmo 2, disputado el 10/05/08)

Por el Marqués Milton Saráchaga de la Vega

NO APTO PARA TODO PÚBLICO

 

   El fútbol, mi fiel escudero, sin público alentando y sin el colorido exultante que le dan las fanaticadas y sus pegadizos estribillos – cual rondallas estudiantiles- es como un guiso manchego, de esos con los que solemos hastiarnos, pero sin patatas y sin guisantes.

   Es como imaginar a Dulcinea deprovista de sus exuberantes tetas.

   Este pasado sábado, el estadio de los calamaretes, semejaba un lúgubre camposanto, por donde figuras fantasmagóricas disputarían un partido entre un silencio sepulcral y una soledad equivalente a los cien años.

  Puertas cerradas, entradas clausuradas, gradas desiertas. Una vez más el reino de la sinrazón imperando en nuestro maltratado fútbol.

  Así y todo nos arreglamos para poder presenciar esta devaluada versión de una batalla entre Bohemios y Candomberos, los dos intentando arribar a la quimera de la promoción; los primeros hacia arriba, los otros mirando de reojo las oscuras miasmas del abismo.

 Casi un clásico de barrio entre los fundados en Monserrat y los de San Pedro Telmo…

  A veces pienso que me sería más fácil comprender la cuadratura del círculo o los pensamientos de Confucio escritos en mandarín que las elucubraciones de San Salvador a la hora de encarar ciertos compromisos.

  ¿Podrá alguien en su sano juicio explicarme por qué el rechoncho alineador villacrespense regaló un tiempo en colocar jugadores en condiciones de marcar superioridad  ante un rival aguerrido, pero limitado? ¡Y por qué demoró medio tiempo más en dotar a los suyos de la cuota de creación que (es cierto que muchas veces retaceada) solo puede, hoy por hoy, dar el Moncho Fernández?

  ¿Es verdad que quiso darles descanso a Molina, a Ferreiro y al mencionado volante? ¿O acaso quiso castigarlos por sus flojísimas actuaciones en Adrogué una semana atrás? ¿O hay algo más que no conocemos o no debemos conocer?

   Lo cierto que Atlanta saltó al field -convertido en páramo- con Patoruzú en el arco.

La última línea para el petiso Fuente, el vocinglero Bogni, el Chiqui Pérez y el ex Ferro Cherro. El mediocampo con De Muner, el ultramontano Scatolaro y Ferreras. De conductor- insólitamente- emergió Castillito y de potenciales goleadores, Romero y Ojeda.

   Y de a poco, con paciencia y saliva, los del barrio otrora arrasado por la fiebre amarilla, fueron edificando una hegemonía sobre las acciones que los vio retirarse, tras los primeros 45 minutos como justos ganadores.

   Y tal supremacía fue posible por la flojísima resistencia que opusieron los cracks atlantes, en la zona más álgida del entrevero, allí en las inmediaciones del punto céntrico.

   Fuente, como carrilero diestro, se mostraba lento y desubicado, no estando nunca donde se lo requería. Por el andarivel opuesto, Guido Ferreras exhibía su habitual intrascendencia y el Boli nunca logró acaudillar con fervor las huestes bohemienses.

   En la vanguardia, solo Ojeda intentaba con su proverbial torpeza para manejar esa cosa redonda y movediza que suele llegarle a los pies, en tanto Romero habrá pensado que la medida del  COPROSEDE incluía la prohibición de participar de las acciones.

   Por el bajo fondo, Bogni volvía aparecer como el más firme, sobre todo, ante el notorio bajón de su pareja en el centro, el Chiqui Pérez.

   Las jugadas más incisivas eran de los huéspedes y así se lo vio a Paturuzú con más trabajo que su colega, el enano Evangelista.

   La más notoria fue cuando tapó con premura y ubicuidad dos tiros a quemarropa en las fauces mismas de su valla. Aunque, a la salida de un tiro libre, no le quedó otra que jugar a las estatuas, tras un cabezazo esquinado de Leguizamón Arce que saltó con todo confort en el corazón mismo del área, ante la atenta mirada de los backs grisperlados.

  Para el complemento San Salvador decidió que era hora de jugar en serio y mandó a la cancha a Lucas por Castillo y a un desconocido Molina (el hombre se rasuró la cabeza como Bruce Willis en Doce Monos) por el espectral Romero.

  Y Atlanta mejoró un poco, pero sin que esto resultara un vuelco significativo en su paupérrimo nivel de juego.

   Por su parte, San Telmo se replegó y se paró como para el contrataque, y a los veinte, Server se vistió de Garrincha, Orestes Corbatta y Housemann y -pegado a la raya -se eludió hasta el banderín del córner, mandó el centro atrás que Coria tradujo en 2 a 0 lapidarios para los atlantes y totalmente inútil para los eventuales triunfadores.

   El entrenador de Atlanta se dio -entonces- cuenta de que los candomberos no estaban jodiendo y lo metió al Moncho; y este ingreso marcó un tardío punto de inflexión en el decurso de los acontecimientos.

   Ahora si, los campeones de la copa Suecia son otra cosa y pasan a dominar la lid.

   Molina convierte el descuento, se pierde algunos, se luce un par de veces Evangelista,

lo tiene Ferreiro, le cometen un penal no sancionado a Lucas y también hubo alguna posibilidad que desperdició Ojeda.

   En definitiva,  no le alcanzó el tiempo para conseguir un empate, que poco a poco iba mereciendo y quedó la sensación, entre el atlanterío que se perdió la oportunidad de sumar en un partido ganable y así asegurar la localía para el Reducido.

  Aunque en el balance global y con una visión más ecuménica, la columna del debe terminó mucho más abultada que la del haber, en esta decepcionante labor bohemia.    

  Después de todo, más de uno debe agradecerle al COPROSEDE que le haya ahorrado haber presenciado esta nueva derrota, esta vez no apta para todo público.

    

 

COMENTARIO REAL (acerca de Brown de Adrogué 1 vs Atlanta 0, disputado el 10/05/08)

Por el marqués Milton Saráchaga de la Vega

 

 

  EL DOLOR DE YA NO SER

 

 

¿Recuerdas, mi fiel escudero, las largas vigías en las atalayas de Marrakesh oteando las interminables arenas saháricas, a la espera de los  ataques de la caballería bereber? ¿O aquellas extensas guardias en los almenares de Granada aguardando la inminente carga de las tropas del bárbaro visigodo Ludovico?

 Pues este sábado en el insólito puesto de observación, que ofició de palco de periodistas, allá en la fermosa localidad de Adrogué, no pude menos que rememorar aquellos momentos, aunque en esta oportunidad solo observé un desierto donde se desarrolló el espejismo de un partido de fútbol, en el que –eso sí- no faltaron los caballos.

  Y la imagen no es caprichosa, porqué además de las carencias de talentos que mostraron los dos equipos, el terreno de juego de los tri coloreados es un verdadero picadero, de dimensiones mínimas, donde se hace muy difícil desarrollar el excelso arte del balompié.

  Por supuesto que esto no justifica, de manera alguna esta nueva derrota, sin atenuanes,  sufrida por la escuadra atlante en tierras sureñas.

  Los bohemios llegaban a esta batalla con algunos soldados recuperados, pero con las acostumbradas bajas que hacen que cada fecha conozcamos a un nuevo valor de la no muy exultante cantera de Villa Adelina.

    Así San Salvador formó a los suyos de la siguiente manera: en el arco Diego Fernández (De ahora en más Patoruzú, personaje de historieta muy famoso en el Río de la Plata durante el siglo XX).

    Fuente, Bogni, Pérez y el ex Ferro Cherro, fueron los cuatro zagueros.

    Los tres del medio: Lucas, el ultramontano Scatolaro y el debutante Galeano.

    Completando el Moncho Fernández y Castillito. Ah… me olvidaba, también estuvo Molina.

   El partido, visto desde las alturas parecía la esquina de San Marín y Bartolomé Mitre a las doce del mediodía: un amontonamiento de gente corriendo en distintas direcciones, chocándose desorientada, donde el único que parecía poseer una brújula en medio de la tempestad, era el vejestorio de Zagharian.

   No bien el chango Echenique hizo sonar el silbato, Castillo quedó mano a mano con Bangert en el punto del penalty pero el guardapalos logró conjurar. Sobre lo diez un tiro libre cerca del área es tirado afuera por Ramón Fernández y sobre las 14.30 hs un disparo parabólico desde lejos, nuevamente de Cristian Castillo es enviado al córner por el arquero.

   En estos pocos y pobres sucesos pueden resumirse las intentonas bohemias en el primer tiempo. Todas aisladas, ocasionales y porque no, azarosas.

   Y esto podría hallar explicación en la actitud de Ramón Fernández, el hombre que carga con la responsabilidad de pensar, dilucidar, analizar y concebir en el team porteño. Y el Moncho es un jugador muy irregular, que insinúa más de lo que crea, que se tira al menor contacto y que por momentos parecería que está jugando un partido exhibición de futsal.

  En esas profundas lagunas, trata de aparecer el araucano Scatolaro, y por momento da la impresión de que el sol de su talento vuelve a emerger entre las cenizas del volcán  Chaitén, pero que no terminar de redondea una actuación apoteóticas como las del el año pasado.

  Lucas, por su parte tuvo una tarde negra. Casi no participó en la lucha, se lo vio perdido como a rengo en tiroteo, le dio el gol del triunfo a los locales y se fue ofuscado como un ruralista  – sin mirar a la banca- cuando fue reemplazado.

   Tal vez merezca un párrafo aparte, Castillo, que con las limitaciones físicas y las geográficas que proponía el terreno, intentó buscar la de cuero, aún en su propio campo y fue, sin jugar bien, el único generador de algún tipo de riesgo para los intereses brownies.

   En cambio Molina, se dejó seducir por sus marcantes y se entregó sin ofrecer demasiada resistencia.   

   La defensoría se sumó al desconcierto general y surgió como gran figura el vocinglero Bogni que terminó siendo un baluarte donde agonizaban todos los embates adroguenses.

   Patoruzú no anduvo mal, salvó algunos goles, aunque quedó a mitad del camino en el único goal que tuvo el partido. Digamos en su descargo que Ferreiro definió como los dioses del Olimpo.

   Galeano mostró movilidad y algún criterio, pero terminó devorado por el fragor –no muy intenso- del encuentro

    El segundo tiempo fue más de lo mismo, con un Atlanta con menos ideas un vedette, confundido y sin encontrarle la salida al laberinto que significó el elemental  diagrama táctico elucubrado por Kopriva: Orden en todas la líneas, presión sobre los volantes y atacar por los flancos.

    San Salvador hizo ingresar al intermitente Ferreras por el celinesco Galeano, y poco aportó el rubio volante, aunque estuvo a  un tris de empatar sobre el epílogo del entrevero.

    Más tarde ingresó Ojeda por el goleador del partido, sin que su presencia en el campo significara nada digno de que reflejado en una crónica.

    Lo cierto que Atlanta volvió a perder, pero lo más preocupante fue la actitud de un grupo que parece haber perdido toda mística y solidaridad entre sus integrantes.

    No hay mucho tiempo para subsanar los males que nos aquejan y pronto estaremos ante el lapidario torneo reducido.

    Discúlpame, mi fiel escudero, que no sea, hoy,  el optimismo el sentimiento predominante en el ánimo de mi espíritu.   

COMENTARIO REAL (acerca de Atlanta 0 vs All Boys 2, disputado el 06/05/08)

Por el Marqués Milton Saráchaga de la Vega 

EL INFIERNO TAN TEMIDO

 

 Finalmente, mi fiel escudero, el peor escenario imaginado se concretó y nuestro archienemigo montecastrino se consagró campeón in our face y para colmo el partido no pudo terminarse por esos guarros descontrolados que no supieron aceptar el duro dictado de los acontecimientos y no supieron perder con dignidad.

  Ahora, como una espada de Damocles, penderá sobre nuestras cabezas el fantasma de una sanción que flaco favor le hará a nuestras escuálidas arcas y podrá comprometer, incluso, el potencial de Atlanta para el torneo reducido que se avecina y que podría ubicarnos ante la posibilidad de encarar la quimérica utopía de la promoción.

  Tensa estaba la atmósfera en las deshoras de este martes, en las cercanías del estadio que nos tiene como huéspedes, en la frontera septentrional de la Ciudad Autónoma.

   El no clásico venía precedido de todo tipo de augurios y temores propios de una época donde los valores han sido trastocados, y la sinrazón de la violencia usurpa el trono que dejara vacante la hidalguía, la cordura y el sentido común.

   Pero dejemos de pronunciar palabras vanas que solo caerán en saco roto, y nadie registrará  y vamos a abocarnos al sesudo análisis de la desigual batalla contra los megatloneros.

    No me hubiese gustado estar en los fondillos de San Salvador a la hora de estructurar  el escuadrón de los atlantes, diezmado por suspensiones y la inevitable mella que deja en los músculos la seguidilla de entreveros que propone el calendario.

    Sin mucho para elegir, entre el material humano disponible, estos fueron los once ágiles que emergieron por el túnel vistiendo el glorioso uniforme de bastones azules y amarillos:

    Don Rodrigo delante de los maderos. Sus cuatro custodios: Hachita Brava Fuente, el Chiqui Pérez, el ex Ferro Cherro (tras prolongada ausencia) y el retornado Bilbao.

    Como improvisado eje central: Yanzi, el casi lactante Silva y César Rámirez.

    Para intermediar con la vanguardia el Moncho Fernández y arriba, el Boli y el Clown Molina.

    El primer ataque fue para los villacrespense, en lo que pareció iba a ser la actitud decidida en pos del único resultado que valía la pena. Pero fue solo un espejismo y duró lo que la luz de un fósforo.  

    Ahí nomás, un tiro libre intrascendente, agarró a los jugadores de Atlanta preocupados en reclamar los premios para el reducido y un tal Martínez entró al área como Perico por la casa y decretó el ascenso de los de la divisa color nieve.

    Así de amarga es la verdad, porque desde ese momento los visitantes manejaron el partido sin que se les moviera un pelo, y los bohemienses en ningún momento brindaron una lucha tenaz para revertir el resultado, ni se mostraron dispuestos a vender cara la derrota, como lo requiere su insigne abolengo.

   Cuando el hermano de Cambiasso -vaya uno a saber impulsado porque fuerza gravitatoria- levantó su pesado trasero del piso y le sacó el empate a un cabezazo de Cherro a bocajarra, con esa atajada, frustró la única posibilidad clara de gol, y diluyó cualquier resabio de ímpetu que los atlantes podían exhibir.

   Enseguida se pudo cerrar el partido cuando el mismo Martínez, quedó a medio metro de la línea de sentencia y sin Don rodrigo a la vista, pero el muy animalito de Dios la tiró afuera errando un gol que hasta mi jumento en estado de ebriedad, hubiese convertido.

   Ya a esas alturas el flanco derecho de Atlanta era un Jardín de las Delicias por donde Grana se paseaba, gozozo, a su entero antojo, porque el tándem Ramírez- Bilbao ofrecía tantas garantías como las acciones del futuro tren bala.

   Por el otro sector el retacón Fuente se duplicaba en un entusiasmo que nunca logró contagiar a sus colegas. Yanzi hacía lo que podía con su acotado talento y el mozalbete Silva –abruptamente lanzado a jugar de centrohas- mostraba un atrevimiento interesante,   pero  insuficiente para la envergadura del compromiso.

   El Moncho, como d’habitude, entregaba con tacañería algo de su ciencia- bastante oculta, por cierto- pero siempre cuidando de no meter la patita en algún lugar que duela.

   Molina, por su parte, nunca pudo superar la triple marca a que era sometido, básicamente por el siberiano Madeo, que terminó con politraumatismo craneano de tanto ganar de arriba.

   Y Castillo, casi no existió.

   Ante la pobreza franciscana que ofrecía Atlanta, y ayudados por el gol tempranero, a los de Jonte y  Mercedes le bastó con la firmeza de sus fullbacks, el orden en todas sus líneas y la calidad de Zárate - sin duda el mejor jugador del torneo- para festejar el campeonato.

   El gol del futuro integrante del plantel de Lanús, Grana,  en los albores del segundo tiempo selló una derrota sin atenuantes y el poste evitó un tercer gol que solo hubiese servido para precipitar la suspensión del encuentro.   

    Lo que siguió fue el conocido viaje hacia el dislate, donde la irracionalidad hace su agosto, aunque esta vez pareció que fue con la aquiescencia de todos los involucrados en el asunto.

    ¡Que le vamos hacer, mi fiel escudero! Como dice la trovadora rioplatense: “tantas veces me mataron tantas veces me morí, sin embrago estoy aquí resucitando”.

    Y allí estaremos, Viejo Atlanta, el próximo sábado. Como siempre.

COMENTARIO REAL (acerca de Italiano 1 vs Atlanta 1, disputado el 03/05/08)

Por el Marqués Milton Saráchaga de la Vega

VERMOUTH

 

   Doce del mediodía de un templado sábado otoñal: buena  hora para tomarse un vermucito de esos que inventaron estos italianos que ahora enfrentamos, en  las combativas épocas en que don Giuseppe Garibladi recorría la geografía peninsular en toda  su caprichosa forma de oblicuo calzado.  

   Y buen aperitivo, además, para a la trascendente batalla que espera a nuestras siempre dispersas huestes, este cercano martes. Trascendente, no porque nada pueda ya modificar el implacable curso implacable de la historia, sino porque una victoria tendría el dulce sabor de un premio, que aunque menor, nos ahorraría la humillación de ver nuestro presuntuoso enemigo llevarse la corona de laureles del campeón a la testa, ante nuestras propias narices.

   Más si tal infausto suceso aconteciera, ¡Que dios ilumine al atlanterío para que sepa aceptar con grandeza el resultado adverso y que la irracionalidad no se apodere de febriles mentes, ocasionándole a nuestra institución perjuicios irreparables!.

    Lo que no sabía, mi fiel escudero, es que la prestigiosa Bodega Rodas, además de un excelso chablis, también elaboraba un  vermouth italiano. Porque este empate lleva el conjuro inevitable se su nombre.

    Los bohemios se arrimaron a la coqueta canchita de Ciudad Evita (hogar del tano Pasini)

rejuntando -como  de costumbre- a los sobrevivientes de lesiones y suspensiones y poniendo sobre la amarillenta gramilla, más de lo que se puede que de lo que se quiere.

   Así encuadró a los suyos San Salvador para el compromiso ante los descendientes Rómulo y Remo: Don Rodrigo a cuidar la línea sentenciosa. Fuente, el Chiqui Pérez, el desdentado Bogni y el ex Ferro Cherro que reaparecía.

   El eje medio quedó constituido por Yanzi, el ultramontano Scatolaro y Lucas. Un paso al frente el Moncho Fernández y los delanteros de emergencia: Romero y Ojeda.

   Empezaron mejor los azzurros que arrinconaron a los de Villa Crespo contra las pistas del Aeropuerto Pistarini, a partir de un buen trabajo del morocho Brito y del centrojás Velásquez. Ayudados por el creciente desconcierto de la volantería visitante, que no acertaba a encontrarse con el esférico.

   Pero sorpresivamente, y cuando ya Don Rodrigo contabilizaba un par de esforzados revolcones para mantener su arco indemne, un centro inocuo de Hachita Brava Fuente fue conectado con una magistral palomita – de la mejor y tradicional escuela atlante- y se mandó un gol en contra que haría morir de envidia a Firpo, Regueiro, Santillo y Verino (solo por mencionar a algunos de sus más encumbrados exponentes de tan distinguida prosapia).

   El Tano se mordió los dedos y fue por la vendetta, y volvió a reducir el territorio de los auriazules a las modestas dimensiones de los arrabales de su propia área.

   Y fue el propio bodeguero Rodas quién pondría en práctica la Ley del Talión, y tras una innecesaria falta del estereofónico Bogni, ejecutaría con primor un golpe franco para establecer un justo empate.

   De ahí en más la conversación fue emparejándose dado que  empezaron a aparecer esporádicas gestiones del Moncho, algunas de Yanzi y otras del araucano.

   Convengamos, también, que es más fácil que te lastime una goma de borrar, que una delantera formada por Romero y Ojeda.

    Pero como no hay vermouth sin papas fritas, cerca de la mitad del período Ferreiro se hace echar tontamente y el entrevero se complica seriamente. Entra Ferraras por el poco participativo Romero y Ojeda queda, allá en lontananza, de Llanero Solitario- pero sin Silver ni Toro-.

    Para colmo Brito en un choque en el circo central le aplica un cortito, tipo Noquiño Acavallo y lo despoja de dos valiosos dientes  al vocinglero Bogni que deja su lugar al camionero  Moyano (¿Fue un accidente del juego o estaba podrido de escucharlo gritar todo el tiempo?)

    El partido se deslizará de allí hasta el final en una medianía y aburrimiento proverbiales, en donde los de la colectividad en ningún momento lograron hacer pesar su hombre de más.

     Atlanta no obstante haber salido a jugar el segundo tiempo con la consigna de perder y la vista puesta, allende el fragor del próximo partido, en sumar  puntos para el reducido; tuvo buenos pasajes y hasta pudo haber ganado.

     Sobre todo cuando unos flashes momentáneos e inspirados del rubio  Farreras se sumaron al tibio sol para iluminar el sector izquierdo de la vanguardia porteña.

     Sin embargo, ya sobre los postreros quince minutos, los cracks atlantes optaron por recostarse sobre su reducto y aguantar -a la heroica- la caótica ofensiva itálica.

    En haras de esa agónica resistencia se perdió un nuevo soldado: el chileno Scatolaro vio la doble cartulina amarilla y a  pagar 200 maravedíes para mirar el partido contra All Boys desde la platea.

    Para los coleccionistas y estadísticos aportamos este dato no muy significativo: sobre la media hora reapareció tras larga ausencia el Tanque González, que poco y nada pudo aportar.

    En fin mi fiel escudero, un punto valioso con un equipo disminuido ante uno de los encumbrados y que alarga el invicto a cinco partidos.

    ¿Pero,  puede tenerse tal fría la sangre para hacer semejante análisis, ante la inminencia de la colosal batalla que se avecina?

    No consigo apartar a mi endeble cerebro de la venidera tarde del 6 de mayo, en donde solo la victoria sirve.

    Pero si la Diosa Fortuna  nos es esquiva una vez más, que tengamos, entonces, la hidalguía de saber perder con dignidad.